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J. J. De Austria, El Bastardo Que Quiso Reinar En La Espana De



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Ella, una vez que eyaculase sobre el papel de cocina del Estado, me hacia a veces senas que interprete como una suplica de que utilizara el telefono y el nombre en clave que me habian dado antes de marcharme a Madeira, en presencia de L., para que pudiesemos vernos fuera del escaparate. Anda que no te guste crepusculo, puedo comprenderlo, yo soy entre las tontas no quinceaneras que ha devorado los cuatro libros y el medio que hay por la red.

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Si bien a lo mejor, pense, no estaba alla, sino proseguia drogada en lo mas hondo de un burdel de un pais del sureste asiatico, con un europeo calvo como yo jadeandola encima, mas la droga habia comenzado a marchar, puesto que mediante entre las rendijas del paraiso artificial habia conseguido penetrar en el paraiso real de los cuentos que fabricaban alla para los pequenos cerdos europeos. Tal vez por otro lado, pense, habia puesto en aquel encuentro mas esperanzas de las razonables y el descalabro con el telefono habia despertado mis sentimientos de orfandad.